Chocolate y compañía en el cajero

La Voz de Galicia nos acompaña de ruta a visitar a los sintecho en los sitios donde duermen-

Viernes, nueve de la noche. Un grupo de jóvenes, en su mayoría estudiantes, se reúnen en la parroquia de San Francisco, en A Coruña. Preparan termos con sopa y chocolate caliente, bollos y bocadillos, y patrullan los cajeros y soportales de la ciudad en busca de los sintecho. Llevarles una cena caliente es su primer objetivo, pero el más importante es charlar, acompañarles y hacerles la soledad más llevadera.

¿Qué obtienen a cambio? El placer de echar una mano, sacudir conciencias y restaurar cimientos morales, como aquel aforismo kantiano que dice: «obra de tal modo que aquello que hagas pueda convertirse en norma universal». Se llaman Boa Noite, llevan más de tres años en la brecha y cuentan con la ayuda de la parroquia, aunque «el grupo es muy variado, sin distinción de religión o edad. Lo único que importa es ayudar», inciden, y destacan su coordinación con otras entidades benéficas.

En uno de los cajeros automáticos más céntricos de la ciudad, embutido en mantas y un jersey de cuello vuelto, les espera Antonio, un hombre mayor, nobletón en el trato y completamente alcoholizado. María, una de las colaboradoras, se agacha para hablarle. A Antonio, el cajero no le da dinero, pero… sí chocolate.

-¡Hola, venimos a visitarte! ¿Te apetece un poco de sopa o prefieres chocolate?

-Me da igual.

-Me alegra verte otra vez. ¿Te acuerdas de nosotros?

-No me fijo del todo [apenas logra incorporarse].

-Bueno, ¿y cómo estás?

-¡Soy un borracho!

Como él, «muchos duermen en la calle con gravísimos problemas de alcoholismo o ludopatía que les impiden salir adelante», explica Alejandro, que llama la atención sobre la «delicada» situación de Antonio, por quien tiene fundados temores.

Todos los años hay alguna pérdida. Hace unos meses, explica Sara Alvar, «murió muy deteriorado» Juan, al que los sintecho llamaban «el papá de la calle» y que era una persona «maravillosa». Aunque estén fatal, para muchos «es imposible vivir entre cuatro paredes porque las normas les ahogan», continúa.

No a todos. José Manuel está dispuesto a probar suerte en un piso. Sus dedos acarician un viejo teclado Casio en una esquina cuando los chicos de Boa Noite llegan hasta él con una taza de caldo. Lo saborea con gusto y da las gracias con sinceridad. Tras su barba canosa y su aspecto de eremita se adivina una educación distinguida.

«Yo inauguré el viejo Rockódromo de Madrid en 1986. Tocaba en el grupo de Rosendo, que entonces era una referencia, y en aquel concierto actuó también The Cure», explica. No solo trabajó con Rosendo. En YouTube es fácil seguir sus colaboraciones con Aute, María Jiménez y otros artistas famosos. «¡Dormíamos en hoteles de cinco estrellas!», se entusiasma al recordar. Ahora se acurruca en un soportal. El teclado se lo guardan «en un bar». Su explicación del declive rebosa dignidad: «La vida tiene estas cosas», proclama con amargura y sin dar más pistas.

Pero es la excepción. Unos metros más allá, en otro soportal se arrebuja Miguel sobre unos cartones. Su conversación es un delirio sobre su condición de «sargento de Infantería» y una finca «de veinte ferrados» que dice poseer en Cuba. Incapaz de acertar con la pajita en el brik del zumo que le ofrece Noelia, Miguel es la constatación de cómo una sociedad teóricamente evolucionada no sabe resolver un problema elemental: que un hombre alcoholizado no se muera cualquier día en el cajero de un banco. Eso sí, acompañado por un montón de jóvenes, la dignidad en el rostro y una taza de chocolate en la mano.

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