Cómo amar más a tus hermanos. Y ayudar a que todos sean felices.

Sencillas claves para ser feliz y permitir que los hermanos con los que convivimos en una comunidad o familia, sean también felices:

1. Pregúntale sobre su día antes de hablar del tuyo.
Ambos habéis trabajado duro. Ambos estáis cansados. Ambos tendréis cosas que compartir.Pero pregúntale primero sobre su día. Siempre. Cuando alguien queda contigo para hablar lo que te pide es que le escuches, no cuentes tu vida, pregúntale por la suya.

Muestra que valoras su esfuerzo, lo que hace y piensa, eso demuestra que le valoras. Ofrecete para ayudarle en lo que necesite. Y esto aunque tú tengas grandes novedades que contar. A menos que sepas con seguridad que lo que tú le puedes contar le alegrará la vida, pregúntale sobre su día y luego, cuando compartas las grandes noticias, demostrarás aún más lo mucho que la otra persona te importa.

2. Explícitamente agradécele cada día por el trabajo que dedica a la comunidad, a la iglesia, a los demás.

Sé para tu hermano el agradecimiento de Dios, la recompensa que Dios le promete; tú debes ser para cada hermano la recompensa más cercano que Dios pueda ofrecerle.
Tu hermano trabaja duro y probablemente no recibe otro tipo de reconocimientos por su trabajo (dinero, elogios públicos, frutos evidentes e inmediatos, etc). Debes dejar claro que reconoces el trabajo que está haciendo y que lo aprecias.

Y como cada uno tiene un lenguaje fraterno diferente, no basta con tolerar, permitir, ni siquiera incluso sonreir; Debes expresarlo d alguna forma :’Hermano, que bueno tu trabajo!’ Sirvele el plato como recompensa a su trabajo.

Y si crees que tú trabajas más y mejor que él, pues haz lo mismo, te servirá de cura de humildad.

3. Siempre sé para tu hermano una ayuda. incluso si él no la quiere o dice no necesitarla.

Barre lo que él deje sucio, ordena lo que él deje desordenado, corrije lo que él haya hecho medio mal, -y en silencio- que la gloria de Dios brille independientemente de quién ha hecho el bien.

Si tu hermano hace algo por ti, por la comunidad, por la Iglesia, tú también eres responsable de que lo haga bien. Incluso si hay errores, si lo hizo mal, si es mejorable, hazte corresponsable,

Por ejemplo, ¿la cena no estuvo muy buena? Cómela y agradécele de todas maneras. No hagas críticas evitables.

4. Si algo tiene que hacerse, y ambos estáis cansados, sé tú el que lo haga.
Es el final de un largo día para ambos, estáis relajándoos, y hay que fregar los platos, y bajar la basura, y barrer el patio… Ambos hacéis una pausa, esperando que la otra persona lo haga. Deberías levantarte y hacerte cargo. Como hermano ‘mayor’ aunque seas el menor, deberías servir como si fuera tu deber.

5.- Valora lo bueno que hay en tus hermanos; y sin necesidad de que haya una ocasión especial.

¿Cuánto hay de bueno y cuánto de malo en cada hermano? Da lo mismo, tú valora lo bueno, parte de lo bueno que hay en cada persona y construye la fraternidad partiendo de ahí. Lo malo no sirve para cimentar, ya lo podaremos cuando llegue la temporada adecuada para ello.

6.- Asegúrate de pasar tiempo de calidad con tus hermanos, a cualquier hora, en cada momento que sea factible.
En esto todos ganáis. Te diviertes con tus hermanos, y ellos se divierten contigo, y es la forma más sencilla de amarse como una madre ama a sus hijos, que dice San Francisco.

7.- Y cuando estés con otros habla bien de tus hermanos.

No solo porque si hoy me hablas mal de un hermano, yo ya puedo suponer que mañana hablarás mal de mi y perderé toda confianza en tí; sino por el bien común; porque hablar de lo bueno te hace bueno, la valoración mutua da testimonio del amor de Dios; y hablar de lo bueno de los demás da al que te escucha la capacidad de confiar en las personas y de sentirse más fuertes.

Cualquier palabra, chiste, comentario, murmullo… que vaya lleno de calor humano y fraternidad.

8.- Nunca levantes la voz a tus hermanos. Ellos lo hacen todo lo mejor que pueden y saben.

Levantar la voz te hace superior y perderás el derecho a la fraternidad; el buen ambiente es tarea de muchos años y por un mal momento, una mala palabra, un voz fuera de tono, puedes destruir la confianza conseguida. Habrá que volver a empezar a cosntruir.

9.- Y siempre con la verdad por delante. Que somos débiles, torpes,, ignorantes, eso ya lo sabemos todos.

PAra qué sirve aparentar lo que no somos; o decir que hacemos lo que no hacemos…

Solo la verdad es buen cimiento para sostener la fraternidad en medio de todos los golpes de la vida

10.- Perdona incluso lo imperdonable. Seguro que tú eres capaz de hacerlo peor.

Este es un poder que sólo tienen los que se saben hermanos

11.-Valora. Cuando tus hermanos llegan de trabajar, lo hayan hecho bien o mal, valora su trabajo, agradéceselo. Si crees que tú lo harías mejor, hazlo, coméntale, sé como una madre para un hijo. ¿Qué madre se callaría una corrección a un hijo, por miedo a que el hijo vaya a pensar que su madre tiene celos de él, o por miedo a que el hijo malinterprete, vas y le dices los fallos, como le dirás si lleva una prenda del revés, o se olvidó de peinarse, etc….

Sé el guardián de tu hermano; lo contrario es pecar como Caín.

¿Alguna vez llegaste de trabajar duramente, y un hermano te hizo sentir culpable porque te olvidaste de barrer una esquina o de colocar una caja…? ¿Te dieron ganas de decirle ‘hermano, ¿por qué no la colocaste tú y así los dos ganábamos, tú en paz y yo en fruto?. Pues así se sentirá el hermano que esperando una recompensa fraterna a su trabajo, se encuentre un reproche.

Mi ejemplo aquí es Padre Abilio; el ángel que arreglaba todo lo que yo estropeaba, recogía lo que yo perdía y sin decírmelo para que no me sintiese deudor; siempre pendiente de servir al hermano para que la obra de Dios fuera lo más perfecta posible. Su forma de corregirte es haciéndo él lo que quiere decirte que hagas tú; aunque yo tardase siete veces en aprenderlo.

Imagínate llevando las manos llenas de vasos de cristal, tu hermano te ve, no se te ofrece para ayudarte, y si se te cae uno, te empieza a llamar ambicioso, o a decir que siempre pretendiste más de lo que puedes, etc… Pues así se siente el hermano que esperando de Dios un gracias al final del día, encuentra un reproche; y aún más si es de quien pudo ayudarle y no le ayudó.

12.- Saluda y sonríe.

Sea como sea que viene tu hermano, aunque llegue tarde, con mal carácter y tú sabes que viene de pasárselo bien, mientras tú estás cumpliendo y observando fielmente la regla prometida, salúdale con cariño, qué él sienta en tu palabra que ha llegado a casa.

Si tu saludo seco, evasivo, molesto, o tu no-saludo porque están a punto de meter un gol y no es momento para distraerse, le hace sentirse sólo, estarás alejando su corazón del centro y retornándolo al pecado de donde viene.

Saluda con el mismo cariño que si viniese de una gran misión, de lidiar con cocodrilos para salvar una nación: Acoge, sonría, agradece, dale la bienvenida.

13.-Hablar al momento, o al minuto siguiente. No dejes que las heridas sangren, no dejes que cicatricen sin haberlas limpiado y sanado antes.

No es bueno acumular heridas y querer sanarlas cuando el cuerpo esté ya desangrado. Al momento toda herida es más fácil de curar.

14.-Ante todo busca la paz, paz para tus hermanos.

En momento de tempestad no intentes conducir el viento, menos si tú eres la tempestad. Espera el momento adecuado, gánate primero a tu hermano, prepárale un buen café, que vea tu cariño antes que tu corrección. Es fundamental aportar la solución antes que recrear los problemas. Los problemas agobian, las soluciones relajan; empieza pues por la solución, qué podríamos hacer mejor, de otra manera, cómo podríamos hacer más agradable la vida de los demás; después comentamos la situación tal como ocurrió, si fuere necesario.

15.-Dí tú una más que veas necesaria....

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