RAIS (Red de Apoyo a la Inserción Sociolaboral)

En la ayuda a las personas sin hogar, Fernando Vidal encuentra su hogar. En Vigo, su madre acudía de voluntaria a fregar a un albergue para «homeless». Ahora, el hijo preside la Fundación RAIS, que promueve un modelo de ayuda basado en «la eficacia, esa mezcla de compasión y racionalización». En «Sin blanca en París y Londres», el maestro de periodistas George Orwell escribió: «El primer contacto con la pobreza es curioso. Pensabas que sería una vida muy sencilla y es complicadísima. Pensabas que sería horrible y es solo aburrida y sórdida». Vidal aspira a acabar con el «sinhogarismo» dando una casa a los que no la tengan, porque, como recoge la sacrosanta Constitución, todos la merecemos. En eso consiste «Housing first». Y es más barato que los albergues, dice.

 ¿Qué es la fundación RAIS?

RAIS (Red de Apoyo a la Inserción Sociolaboral) surge de la impotencia de la ciudadanía al ver que las personas sin hogar siguen en la calle. Hay que encontrar nuevas formas de ayudarles, la aspiración es que nadie viva así. Nació de la innovación, con el primer centro de día en la calle inspirado en un modelo que había en París (La Moquette). Y, de ahí, hasta «Housing first», que transformó la entidad y que conocimos gracias a los contactos internacionales. Empezamos en el 95. Éramos un grupo de ciudadanos que actuábamos en el ámbito de las personas sin hogar pero estábamos muy insatisfechos por cómo se hacían las cosas. Comenzamos vinculados a la prensa social, a «La Farola», pero no funcionaba y era un gran fraude.

¿Y eso?

Porque estaba organizada como una red lucrativa para el fundador. Empezamos inquietándonos por esa cuestión pero, por otra parte, había movilizado a la población.

¿«La Farola» sigue?

Creo que todavía sigue, pero muy aminorada. Al poco de entrar, vimos que la sociedad quería apoyar la causa de dar más dignidad a los sin hogar pero también nos dimos cuenta de que necesitan más cosas. No solo vender prensa social, sino encontrarse entre ellos, volver a confiar en sí mismos y tener más autonomía. Necesitan no generar dependencia.

Desde su perspectiva de décadas trabajando en este campo, ¿ha mejorado la situación?

Sí, ha pegado un salto importante. Hay dos signos claros: el modelo está cambiando, gracias, entre otras cosas, a «Housing first», que hace preguntarse a todo el sistema cómo funciona. Al haber una evaluación, te preguntas: ¿y el resto de cosas se evalúan? ¿Sabemos lo que estamos haciendo? ¿Hay un método? Por otro lado, he elaborado la primera estrategia nacional para las personas del hogar del Gobierno y la estrategia para personas sin hogar de la Comunidad de Madrid. Por fin hay un presupuesto, que acaba de aprobar el Congreso de los diputados por unanimidad. Hay un cambio significativo, al pasar de un modelo industrial, más estandarizado y basado en contenedores, a un modelo más individualizado basado en el proyecto de vida de las personas y que aspira a la solución de la causa. Creo que hemos logrado poner en la agenda esta cuestión. La intervención de Richard Gere tuvo una gran influencia en la opinión pública. Lleva ya 14 años implicado en esto. Es posible el cambio a medio plazo. El ejemplo de Finlandia es clave. Con un presupuesto como el del Ayuntamiento de Madrid ha logrado que no haya personas en la calle.

Gere es soldado de la causa. Hizo una película sobre el tema, «Invisibles».

Después de vivir una crisis vital importante, decidió comprometerse mucho más en el ámbito de pobreza. Buscó cómo podía contribuir desde donde él sabía, y se dio cuenta que podía hacer una película sobre esto. El tema era complejo y el enfoque era tan melodramático, en algunos casos, que no era fácil hacer un buen guión. Así surgió «Invisibles» y, tras su estreno en Estados Unidos y Canadá, vio que podía proyectarla en Europa. Y nos contactó.

 ¿Majo?

Relacionarse con una estrella tiene sus complejidades, pero la relación fue magnífica. Es una persona tremendamente afable y cuando habla se encuentra contigo. No importa que seas lo que seas, está contigo. Su espiritualidad es lo que le da esa forma de estar con la gente y en el mundo. Es muy consciente de que tiene un capital mediático importante y lo ha puesto al servicio del sinhogarismo.

En «Sin blanca en París y Londres», Orwell dice que se desprecia a los sin techo porque no ganan demasiado dinero («El dinero se ha convertido en la prueba de la virtud»). Y defiende también que es muy injusto decirles que «ellos se lo han buscado». O que es tan injusto como decírselo a un tullido.

Absolutamente de acuerdo. Lo primero que les pasa a las personas sin hogar es que les ha fallado la comunidad, su familia y la vivienda. Este es el elemento que acaba conjugando un desastre en su vida que les lleva a la calle. También hay otros factores como las dependencias de alcohol, droga y enfermedades mentales, o la propia salud física (hay prevalencia de personas con minusvalías). Si te falla la comunidad, la familia y la vivienda, ¿quién no acabaría así?

Le puede pasar a cualquiera.

Le está pasando a cualquiera. Hasta los 80 en España nos encontrábamos con que había un grupo de personas sin hogar muy estabilizado. Desde entonces, cada vez más personas caen en el «sinhogarismo». Cada vez depende más de las biografías arriesgadas que llevamos, porque estamos en una sociedad de riesgo, en una sociedad de biografías arriesgadas. En la calle hay un porcentaje de personas con estudios universitarios similar al de la sociedad en general. Te encuentras empresarios, profesionales… Se distribuye de manera casi análoga. Es cierto que hay mayor incidencia entre personas que vienen de familias desestructuradas, pero le puede pasar a cualquiera. Tenemos que trabajar por una sociedad en la que si a alguien le ocurre esto, podamos reconstruir su proyecto. Igual que si tiene problemas de drogas o alguna minusvalía. El sinhogarismo ha subido poco en los últimos años, en torno al 7%, porque la crisis económica ha afectado a un sector de la población que tenía un colchón familiar. Llegar al sinhogarismo es un fenómeno más lento, pero acabará llegando.

Sin embargo, da la sensación de que, seguramente debido a la crisis, hay más gente en la calle.

Así es, sí. Hay un porcentaje mucho más importante de personas que están en la calle. Una cosa es que el conjunto de personas sin hogar no haya subido contando con las personas que están en los albergues. Y otra cosa son las personas que están en la calle, en las capitales españolas, y que ha aumentado notablemente por la crisis económica. Se han cerrado recursos.

Para buscar trabajo lo mejor es tener dinero. Traje ajustado para la entrevista, un buen corte de pelo, ir en coche… En la City de Londres se discriminaba por el color de los zapatos, que señalizaban quién era la gente de buena cuna y la que no.

Nuestra vida está sostenida sobre una serie de rutinas. Me levanto y voy al baño donde tengo agua, un cepillo de dientes, luego libertad para ir a desayunar, un sitio donde recibir llamadas… Puedo guardar mi ropa en un armario y lavarla. Imagínate que todas estas cosas te las tuvieras que ganar cada día. No tendríamos tiempo para nada. La exclusión social es una exclusión en el espacio, porque no tienes hogar, pero también en el tiempo porque estás en otra gestión de tiempo diferente al del resto de la sociedad. Todas las rutinas que nosotros damos por supuesto, ellos se las tienen que ganar diariamente. No puedes sentirte seguro para ir a las entrevistas. Además que es muy complicado trabajar y luego irte a la calle.

Se suele destacar la especial camaradería entre los sintecho. ¿Es así?

Cuando uno vive en el absoluto despojamiento vive lo mejor y lo peor. O sea, las situaciones peores de desvalimiento, de que abusan de ti y te acosan. El 90% de las mujeres que están en la calle han sido abusadas sexualmente durante su vida y más del 40% lo han sido durante el último año. También te encuentras lo mejor, porque al no tener nada lo único que tienes es la amistad con otro. Encuentras camaradería, apoyo, solidaridad… y cosas terribles. Me acuerdo que una persona me contó que lo peor que le había pasado en su vida era que durmiendo durante muchos años con otra entre cartones, un día se despertó y lo encontró frío, muerto. Era lo único que tenía. Creo que por eso se busca el apoyo de una mascota, de un perro. Entre las personas sin hogar hay una carencia tan radical de vínculos que te atas a lo humano y lo humano aparece como un factor de primera necesidad. También es cierto que la atención muy poco individualizada que se les da, basada en el alberguismo, no ayuda.

¿Puede desarrollar por qué no le gustan los albergues?

Puede haber soluciones de residencia colectiva pero no hay que usarlo para todo. Que se utilice para personas que están de paso, con una carencia de vivienda durante un tiempo. Nos hemos dado cuenta de que cuando actúa «Housing first», los albergues funcionan mejor porque tienen a aquellas personas para las que los albergues son necesarios. Necesitamos un sistema plural con dispositivos especializados y que no haya una respuesta única para toda la gente. Está habiendo un giro en todo el mundo. Macron acaba de anunciar 50.000 viviendas para personas sin hogar en Francia después de 5 años experimentando en «Housing First». El Gobernador de Nueva York también ha cambiado el modelo. La pregunta es: ¿está España en este cambio de modelo? Creo que ha empezado a formar parte, pero tiene que acelerar mucho más. El problema actual para mí se basa en dos elementos: el primero es que no ataja las causas, sino lo que hace es contener la expresión más dura del problema que es la falta de techo. No restaura el proyecto de vida de las personas, no le da aquellos soportes, que son comunidad y vivienda, que le permitirán volver a recuperar su vida y añadir valor a la sociedad. Y luego, además, es que se les da una atención demasiado estandarizada que no atiende las necesidades de esa persona, le crea un estigma y hace que se mantenga en él. Por lo tanto, tiene un problema de insuficiencia y de reproducción. Este modelo se mantiene porque la gente piensa que ojalá hubiera recursos para hacer algo diferente. Pero es que el asistencialismo es lo más caro, eso está demostrado. No solo nos deprime como sociedad, sino que, además, es tremendamente caro y prolonga el problema.

 Lenguaje respetuoso

El uso de «vagabundo» tiene una carga peyorativa y contiene prejuicios que la sociedad ha atribuido a las personas sin hogar, según RAIS. Se les llama transeúntes, mendigos, indigentes… Acepciones erróneas que no describen la realidad del colectivo. Las palabras construyen realidad social y el uso de estas palabras estereotipa y deshumaniza a un colectivo muy vulnerable.

Si es más barato su sistema, ¿por qué no se aplica?

Habría que dejar de funcionar de una manera tan clientelar. Con qué organizaciones trabajas y cuál es el método que se aplica. En donde se ha aplicado los resultados son extraordinarios. Esto exige un cambio de mentalidad que lleva un tiempo de transición.

¿Qué le diría a quién piensa que los sin techo merecen su situación?

No hay ni una sola persona sin hogar de las que conocemos que quiera vivir en la calle… A todos nos falta algo. Todos nos merecemos en la vida fortalecer nuestro proyecto y, de alguna manera, somos discapacitados. Digamos que alguna parte de nuestra vida está sin hogar. Intentamos mejorarla, que progrese. Y esto es lo que ocurre en la vida de ellos, que el elemento sin hogar es central en su proyecto. Pero no se lo merecen en absoluto, y cuando se le da algo lo aprovechan al 120%. Vivir en la calle no es para los seres humanos, por lo tanto nadie se lo merece.

Y al que dice: «Que se ayuden ellos mismos como yo».

Los procesos sociales son muy complejos. El 90% de lo que tenemos se lo debemos a otros, a nuestros padres, a la familia… Todos somos interdependientes, no vivimos en una sociedad de seres aislados. Llegamos a la vida dependiendo de otros y nos vamos de la vida dependiendo de otros. Después de un tiempo, sí hay cierta sensación de que dependemos de nosotros mismos porque trabajamos, pero siempre dependemos de los otros. Y por lo tanto es clave la solidaridad. Sin solidaridad, la sociedad es insostenible. Sobre todo con aquellos que son más vulnerables o han recibido impactos en su vida. E impactos que no se deben solo a ellos: al empleo, a las familias, etc. Se debe al género, a la violencia en la sociedad, a la droga, al alcohol, a factores sociales y no personales. Creo que hay que desterrar la idea de que es un problema personal. Lo hemos vivido así muchos años y no funciona. Es una causa. Creo que cuando vemos una persona sin hogar, sentimos que la sociedad fracasa.

¿La renuncia impuesta a las posesiones mina el autoestima?

Totalmente. ¿En qué basamos, al final, nuestra identidad? Si tú no tienes lugar en el que vivir, si tú no tienes personas con las que vincularte, si tú no tienes un proyecto vital, ¿cuál es la fuente de tu yo? Creo que lo sorprendente de las personas sin hogar no es la pobreza radical que viven ni la destrucción de las personas, sino la enorme resistencia. Cómo, estando en unas condiciones tan radicalmente adversas y destructoras de lo humano, las personas continúan vinculándose y teniendo esperanza. Es lo más llamativo, impresionante y milagroso.

¿No es un castigo inherente a nuestro sistema acabar sin casa?

El problema en España es más sencillo, porque no vivimos en un sistema capitalista sino en uno mixto con un estado del bienestar muy potente que da una serie de servicios muy colectivizados y comunitarios en vivienda, en salud, en educación… Creo que la tendencia es a fortalecer la solidaridad de los bienes comunes de todos, ya sea con partenariados con la sociedad civil, por ejemplo. No creo que estemos hablando de ir eliminando progresivamente el Estado de Bienestar sino perfeccionándolo.

¿La incuestionable meritocracia de nuestros días no señala a los sin hogar? ¿No son los vencidos?

Lo que veo es un Estado del Bienestar que no sabe hacer las cosas. Porque en España con el dinero que se le dedica o un poquito más seríamos capaces de solucionar el problema. No hay voluntad política. No habla tanto de los problemas del capitalismo, que ciertamente en vivienda nos lo pone difícil. Es un problema de concienciación de la ciudadanía pero también un problema de aplicar los métodos adecuados. Cuando el capitalismo nos hace insolidarizarnos de los demás no solo hace que haya personas sin hogar, sino que haya familias sin hogar y personas sin familia, personas sin comunidad ni vecindario. El problema es un capitalismo sin un desarrollo humano integral que acaba deshaciendo todos los vínculos y a las personas. ¿Esto es lo que queremos? No. Así que este capitalismo no va a suceder, porque acaba convirtiendo a las personas en insostenibles. En cierto modo, este sistema en el que vivimos hace que las personas sean insostenibles. Toda la sociedad se la juega en cómo atiende a cada persona, en defender la vida de cada persona. Con la persona sin hogar lo que nos jugamos es la defensa de la vida pura y dura, porque estar en la calle es cuestión de vida y muerte. De hecho, supone un 30% menos de esperanza de vida. Las personas sin hogar son una consecuencia de nuestro fracaso. Nos encontramos sociedades mucho más desiguales con capitalismos menos sociales, por así decirlo, que tienen un nivel de personas sin hogar altísimo. Como Nueva York, con 60.000 personas sin hogar. Estados Unidos vive una crisis del «sinhogarismo» en todo el país. En Seattle, en San Francisco, en Los Ángeles, en Boston… Con cifras realmente escandalosas, que solamente cuando estás allí te haces la idea. No creo que vivamos en una sociedad meritocrática en la que tengo todo lo que me merezco. El 65% de los empleos en España se obtienen gracias a los vínculos personales. Nuestra educación nos la ha dado nuestra familia y el resto de la sociedad que ha pagado tu educación, Universidad… ¿Realmente nos debemos todo a nosotros mismos? Creo que cuando vemos a personas sin hogar y somos capaces de incorporarles a la sociedad, realmente lo que estamos haciendo es ser el tipo de sociedad en la que nadie nunca está perdido, que siempre está dispuesto a dar una oportunidad a las personas. Cuando alguien ve con tanta suspicacia el ámbito de las personas sin hogar y está examinando si se lo merece o no, realmente está dejando de lado la dignidad de las personas y que merece una vida digna. Está apelando a lo peor de de sí mismo y de la sociedad. Creo que es un tipo de sociedad que la gente no quiere, quien defiende a la familia y a las comunidades no quiere. Una sociedad con menos comunidad, con familias en situaciones más de riesgo, con un empleo muy precario, con viviendas bastante inaccesibles, con un tipo de ciudad organizada que piensa más en los coches que en las personas pues lo más normal es que acabe generando un problema de personas sin hogar, porque está programada para generar «sinhogarismo». Los vínculos entre las personas se han debilitado. Necesitamos generar una economía mucho más social y poner el trabajo en el centro. Ser sociedades de trabajo y no de capitales. Necesitamos crear valor en las empresas, no dedicarnos solo a generar dinero para los accionistas. Una sociedad que se mercantiliza y debilita los vínculos es una sociedad que ve bienes básicos como la vivienda como un negocio… Y, evidentemente, acaba teniendo víctimas. Y así llegamos a los más pobres de los pobres, a los que no tienen hogar. A los que no tienen nada. Ahí está el reto: ¿somos capaces de dedicarnos al peor problema de todos que es estar en la calle y estar expuesto a los insultos, a los golpes, a la violencia, a la enfermedad, a la locura? ¿Somos capaces de solucionar este problema? Si somos capaces de solucionar el peor problema de nuestro país, este país merece la pena. Nos hemos acostumbrado a no actuar. A contener el problema, a apartarlo, a guardarlo, pero no a solucionarlo. Hemos dado una respuesta industrial a esto, dándoles albergues y hospicios. Y ni siquiera lo contiene del todo. En total, hay 8.000 personas, de las 33.000 que hay sin hogar en España, que están en la calle. En parte, la solución al problema tiene que ver con cómo actuamos. Es tan asistencialista la respuesta que, al final, acabamos formando parte del problema.

¿Qué opinión le merece el Padre Ángel?

Dar bancos para que la gente duerma no es la solución. Aunque cada uno aporta lo que puede. La pregunta es ¿lo que estamos aportando es lo mejor que podemos hacer? Lo que marca la estrategia nacional de personas sin hogar es que las personas que no lo tienen, lo tengan. Para eso lo que establecemos es una ayuda para que puedan restablecer su proyecto vital y se incorporen a la sociedad como vecinos, como familiares, ciudadanos, trabajadores… Creo que todo lo que vaya en otra dirección son parches. Lo que echamos de menos es más liderazgos que dirijan hacia la eficacia, esa mezcla de compasión y racionalización. Hablo en general se da demasiado una respuesta antigua y lo que necesitamos es que se modernice. Son muchos años respondiendo de la misma forma. Tienes una serie de compromisos y hay una manera de responder de las Administraciones que piden un poco lo mismo. Necesitaríamos formarnos más. Es un cambio de mentalidad. Aquí hay más peso de la costumbre. Y no hay mala intención ninguna.

¿Las personas sin hogar tienden a autoculpabilizarse?

Tienen una especie de síndrome de la ostra. Por un lado, no quieren que les vean los demás porque no soportan la mirada de los otros. Y, por otro lado, es también difícil verse a uno mismo cuando has tenido cosas en la vida y estás en esta situación: te cierras a tus propios sueños, incluso a los recuerdos. Con el método que aplicamos despertamos las expectativas de las personas. A veces nos preguntan: ¿y ahora qué tengo que hacer para mantener esto? Y nosotros les decimos: «No, nada». Lo que hay que hacer es devolvérsela: ¿Tú qué necesitas? Y nos cuentan que hacía mucho tiempo que nadie les hacía esa pregunta. Se trata de que vuelvan a reconstruir sus expectativas y a soñar, porque eso es lo que nos da la vida a todos.

¿Quien recibe caridad puede odiar a su benefactor?

Depende de qué entendamos por caridad. Si la entendemos peyorativamente, creo que se avergüenza a la persona y no solamente no es bueno para ella ni para mí. Si con caridad estamos entendiendo la compasión y el compromiso con el otro, que tú tiembles con su situación y te involucres, que algo tuyo se está jugando all, creo que es la clave para el compromiso. Si se entiende como dar poquito e insuficiente y asistencializar a las personas pues evidentemente eso es muy negativo. Si entendemos la caridad como involucrarte de verdad y tener entrañas de cariño por la gente que lo pasa peor pues es imprescindible. Esto no lo solucionamos solamente con justicia, hace falta compromiso ciudadano.

¿Qué opina de Lagarder, el sinhogar estrella?

Tengo muy mala opinión, creo que es erróneo darle coba. Utiliza mucho a las personas y él no es una persona sinhogar. La presencia de personajes como estos indica la precariedad de esta causa en la que cualquiera se pueda hacer el portavoz de 33.000 personas que no están unidas por nada pero que simplemente coinciden en una situación. Estaba en Podemos, le echaron de Podemos. Es una persona sin hogar pero tiene capacidad para pagarse sus viajes por España. Tiene capacidad para pagarse cortes publicitarios y hacer vídeos. Es curioso. Es un agitador. Todo es en beneficio suyo. Procuro no tener nada que ver con esta persona. Porque, además, cuando lo haces te machaca. Va a por ti, a por tu Twitter, es muy desagradable.

¿Hay oro en el arroyo?

Sin duda, hay una enorme sabiduría. Cuando te relacionas con las personas sin hogar aprendes muchísimo por la experiencia de contraste que han tenido en su vida. Saben lo que es realmente valioso, saben lo que es la vanidad. En algunos sitios, de hecho, hay personas sin hogar que ayudan a ejecutivos a centrarse, a establecer prioridades para que sepan lo que es realmente valioso en la vida. Hacen coaching con ellos. Creo que poca gente piensa que las personas sin hogar se lo merecen. No son lo peor en absoluto. La gente que hace lo peor está en otras situaciones, no tiene esa situación de exposición pública. A casi todos nos suscitan ternura y deseos de ayudar.

También existe la aporafobia (odio al pobre), que degenera incluso en palizas.

La aporafobia va a ser reconocida como un agravante en el código penal, esto ha avanzado mucho. En nuestra sociedad a veces la gente pierde las referencias, pierde la idea de que interdependemos todos y lo que hace es dirigirse a aquellos que no reconoce como personas. Porque la calle cosifica mucho. Entonces, llega un momento en el que si tú no tienes suficiente sensibilidad y aprecias lo humano, acabas atacando a una cosa. No lo ves ni como humano y se ataca al más vulnerable, que está completamente expuesto.

¿Sintió, alguna vez, miedo al tratar con un sin hogar?

Sí. Yo mismo he sentido incertidumbre, pero no un rechazo por el impacto de las condiciones. Sí he sentido inseguridad y vergüenza de qué decir. Cuando sentimos inseguridad ante personas sin hogar es una expresión de nuestra impotencia. Si supiéramos cómo ayudarles, entonces encontraríamos un cauce para relacionarnos. En realidad, lo que tenemos que hacer es hablar con ellos como lo haríamos con cualquier persona, porque tienen que ser reconocidos como personas. Acercarse, tocarle el hombro o el brazo. A veces, no es necesario decir nada.

Datos clave

– Según el INE, hay 33.000 personas sin hogar. Entre8.000 y 10.000 están fuera del sistema. Fernando Bernad, el jefe de investigación de RAIS, cree que es porque «los recursos no dan solución a lo que esas personas necesitan».

– «Housing First» se financia por la Administración y también por las aportaciones que hacen las personas sin hogar cuando entran en el programa, que se compromenten (si es que pueden) a financiarlo con el 30% de sus ingresos.

– «Contando los sistemas de atención de emergencia, los centros abiertos que existen y las furgonetas se invierte en torno a los 17.000 euros por persona al año sin contar otras partidas», afirma Vidal.

– Ejemplo del Ayuntamiento de Madrid. En 2004 gastaron 4 millones y en 2015 la dotación fue de 15 millones de euros para esta causa, un 225% más. Con este aumento, de 2006 a 2014, según los recuentos nocturnos, los sin techo aumentaron en 143 personas. En 2003, el tiempo medio de las personas en situación de sinhogarismo era de 3,5 años y, en 2014, era de 6,9 años. Más presupuesto y más personas en la calle perpetuando su situación, según Bernad.

– El coste de «Housing First» es de 47 euros al día por persona, e incluye el alquiler de la vivienda y el apoyo que se le da a esa persona, tanto social como de integración.

– El coste de un albergue análogo, el que no es de emergencia, es de 39 y 70 euros. «Son estructuras mucho mayores, necesitas tener un personal de control potente, además de personas de apoyo. En estos centros hay mucha puerta giratoria. Sí, hay personas que llevan un año… viviendo con otras 200 personas en situación de exclusión social», comenta Bernad.

– Otras opciones del modelo asistencialista son los albergues de emergencia, que cuestan entre 28 y 30 euros al día por persona, y en los que «los sin hogar pueden estar de tres día a una semana. No hay camas sino butacas y duermes en una sala con 60 personas», según Bernad.

– También se ofrecen plazas en pensiones, que cuestan 12 euros por persona al día. Pero sin apoyo, solo se financia el techo.

Reportaje de Érika Montañes sobre la historia de Slavey, participante de este innovador programa:

 Slavey nació en Pazardzic hace 38 años, a 109 kilómetros de Sofía, por lo que cuando llegó en el año 2001 a Madrid todos sus compañeros en el oficio de la construcción lo apodaron «el búlgaro».Recuerda con nitidez las 500.000 pesetas que le pagaba su primer jefe, y la montaña de dinero que llegó a tener. También cómo cuando éste se esfumó por la crisis, lo hizo con el que sigue llamando «el amor de su vida». «Se casó con un señor mayor. La vi en Facebook con su marido e hijos. Tengo el corazón roto desde entonces».

El «búlgaro» no se ha recuperado. La nombra en infinitas ocasiones durante las horas que recibe a ABC en su hogar, a pocos metros del Ensanche de Vallecas. Y es que sitúa su ruptura como el principio del fin. Hace dos años, el alcoholismo severo lo arrastró a la calle Barceló, en la zona de Tribunal de la capital, y allí formó una nueva «familia», los indigentes con los que vivió los momentos más delicados de su vida «entre risas» y embriagado por el licor. Y, al mismo tiempo, tejió la más estrecha de las amistades con Amador, español de 66 años, al que ha «recogido» de la calle para llevárselo con él y turnarse el sofá y el colchón que tiene en su nueva guarida.

La de Slavey, Amador y su amigo Jorge, al que recuerda el fornido búlgaro bañado en lágrimas porque murió con el hígado reventado por el alcoholismo hace pocos meses con solo 49 años, podría ser una más de las 23.000 historias de personas sin un techo que viven en nuestras calles y cajeros. A los que los ciudadanos miran con un pellizco de miedo, pena y angustia en el corazón. Según estos varones, las personas sin hogar tienen más temor a lo que les pueda hacer el que les mira que viceversa. Slavey y Amador recuerdan las palizas con las que les recibieron varias veces los jóvenes ebrios salidos de una discoteca, o el día que el búlgaro amaneció pintado de verde hasta la cintura. «Y es pintura que tarda meses en quitarse. Tendrías que haber visto las miradas llenas de odio de la gente que me observaba en esas condiciones», se duele meses después Slavey.

El milagro del retorno

Pero la suya es también la historia de una vida mejor, de un particular «milagro». «Llevo sin beber desde el 2 de marzo. Me dieron esta casa en noviembre del año pasado», dice Slavey. A su lado, escuchan con atención Fernando Vidal, presidente de RAIS, y el técnico de la ONG que supervisa semanalmente el estado de Slavey, David Fortuño. La Fundación ha puesto en marcha por primera vez en España la iniciativa que lleva 25 años trasladando a personas sin hogar en EE.UU. a un rincón bajo techo, y que en los últimos años ha conseguido réditos increíbles en Europa. En Finlandia, recientemente, han acabado con una suculenta inversión de millones de euros con los últimos 1.200 sin hogar que tenían en sus calles.

Vidal cuenta ahora con el respaldo del Ministerio de Sanidad para que esta estrategia, llamada «Housing First» y que se aplica por primera vez en España dentro del proyecto Hábitat, llegue a buen fin. «Se han dado cuenta de que el modelo asistencialista falla», señala Vidal. El sinhogarismo se ha incrementado de media en el continente un 20%, y aunque el Instituto Nacional de Estadística (INE) muestra que aquí también aumentan los albergues para darles cama o comida, la mayoría de los que pueblan los cajeros no quieren ir por miedo a las agresiones. «Hay muchas movidas. Yo prefería dormir en la calle», admite Slavey, y como él el 59% de los sin hogar preguntados que hay en este país.

«Es más cara una plaza de albergue, que cuesta de media 39 euros al mes, que este método (que supone unos 34 euros de media, 27 euros en Madrid gracias a la inversión de Ayuntamiento y Comunidad) de dar una vivienda a personas que llevan más de tres años en la calle, con una discapacidad grave o un problema, como el de Slavey, que tiene retorno», comenta Vidal, que apunta con ello una de las claves: se da una casa a personas que han sufrido mucho tiempo las penurias de la calle. Sinhogarismo de larga duración, al que no se pone condiciones sobre su «propiedad», que costean con un 30% de su renta de reinserción social (375 euros), lo cual «es muchísimo dinero para ellos, así que se sienten comprometidos con su hogar, al vecindario y la prueba es que el 100% de los que han recibido una vivienda, continúan en ella», dice Fortuño. RAIS ha conseguido dar 38 hogares en Málaga, Barcelona y Madrid.

Como en el caso de Slavey, que se ha llevado a su amigo del alma a su casa, se multiplican los beneficios colaterales del programa «Housing First». para personas sin hogar. Slavey no concebía la casa sin el miembro de su familia más estimado, «el viejo Amador». Ahora conviven como un matrimonio: uno ha visto deshacerse como un azucarillo en café el cuerpo del otro drogado por el alcohol en el sofá que ahora le sustenta; el otro le espera con su desayuno cocinado cada día sobre la mesa, «como a Amador le gusta», en señal de agradecimiento. Ambos no tienen contacto con sus familias, pero sí han retomado el hilo con algunas relaciones perdidas, gracias al teléfono, que hasta pueden devolver al búlgaro al mercado laboral.

En España, muere una persona en la calle cada seis días y viven 20 años menos

Todo en ellos parece puro. Sus miradas cómplices y sus sonrisas, y lágrimas, cuando recuerdan a Jorge. Cada seis días muere una persona en la calle en España por las duras condiciones que atraviesan y su esperanza de vida se acorta 20 años, afirma Fernando Vidal, que recuerda con amargura las seis personas que la RAIS Fundación se ha dejado en el camino estos últimos meses. Gracias a sus clases de carpintería, Slavey, un trabajador nato, como todos le recuerdan en la obra, ha elaborado una especie de relicario de madera en recuerdo del amigo muerto en la indigencia, como la tercera pata de esta mesa corporativa que se construyó entre cartones. Slavey se ha tomado las clases «como un trabajo», «al que respeto», confiesa, porque le hace levantarse y adorna su rutina. Viven con pocas comodidades, sin apenas dinero, y salen adelante acompañados de la solidaridad de sus vecinos que acaban de regalarles chaquetas para el invierno y cómodos sofás. «Costaban 400 euros», se relame Slavey, como si ya no fuese a reunir jamás esa cantidad.

La puerta abierta del futuro

Pero la puerta abierta al futuro está ahí. «Tener un hogar supone para estas personas retomar relaciones, aumentar su autoestima, como en el caso de Slavey dejar malos hábitos. Lo crucial es darles una palanca. El hogar es la palanca con la que generan otros procesos que les hacen salir de la situación en que se encontraban», remarca Vidal. Yañade: «A las personas sin hogar se les aplica normalmente el método de la escalera: si cumplen las exigencias que se les ponen pueden ir subiendo muy cuesta arriba peldaño a peldaño a mayores niveles de asistencia hasta poder alcanzar una vivienda normalizada. Para la mayoría, no funciona».

Mirar arriba hacia un techo sólido ha conseguido que Slavey deje de escrutar el pestillo cada vez que cierra la puerta por temor a una agresión, como las que recuerda jalonaron su estancia en el cajero y el aparcamiento donde residió durante dos años continuados. «Mi futuro es operarme en febrero de la fístula, volver a trabajar después. Nada más». «La mejora que notamos es que, con higiene y techo, acuden al médico sin vergüenza y empiezan a cuidarse y preocuparse por su salud», añade David Fortuño, de RAIS.

«El otro día llevé una tortilla de patata que hice a los que siguen en la calle Barceló. Uno dijo que era el mejor regalo de su vida», se arruga Slavey, este hombre renacido.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s