El secreto del hombre que cazó a Bin Laden para triunfar en la vida: “Hazte la cama”

Toca supervisión de cama y petate.

Lo primero que hace es revisar el camastro. Las dos sábanas que cubren el colchón. La manta estirada con precisión quirúrgica por encima y una segunda de reserva que ha de ser doblada a la perfección en forma de rectángulo a los pies de la cama. Por supuesto, la almohada debe estar colocada en un ángulo de 90 grados con la manta . De repente, el instructor saca una moneda y la arroja al aire. Deja que rebote en la cama del recluta. La moneda salta lo suficiente para atraparla con la mano.

Esta prueba de la moneda fue la que superó en sus comienzos en las Fuerzas Armadas en 1977 el recluta de 21 años William H. McRaven (1955), hoy almirante retirado de la Marina y ex comandante del Mando Conjunto de Operaciones del Ejército de Estados Unidos. Según este marino, la primera misión del día, la de la cama, es clave para afrontar los retos de la vida. Un evangelio de disciplina y culto al detalle que, en 2014, dejó con la boca abierta a la audiencia (física y virtual) que escuchó su discurso en la Universidad de Texas.

Aquel día McRaven, comandante de la operación que ejecutó a Osama Bin Laden , se convirtió sin pretenderlo en gurú del coaching y estrella de internet.

Este experto en antiterrorismo, condecorado con la Medalla por Servicio Distinguido de Defensa, ocupa un alto cargo en el rectorado de la universidad donde estudió y expuso aquella filosofía marcial que tanto ha fascinado a sus compatriotas. Un argumentario basado en sus experiencias en los SEAL, una de las unidades militares de élite más cualificadas del mundo.

El discurso pronunciado el 21 de junio de 2014 acumula a día de hoy más de 11 millones de visualizaciones en YouTube y el libro que escribió inspirado en él ha vendido dos millones de ejemplares en Estados Unidos. En España acaba de publicarse con el título Hazte la cama (Planeta). Internet ha puesto a McRaven a la altura inspiradora del Steve Jobs que dirigió su legendaria arenga vital a los alumnos de la Universidad de Stanford en 2005. Estamos ante la lección de autoayuda de un Navy Seal.

«Al principio me parecía ridícula la pulcritud de ese acto [hacer la cama] por la mañana, pero enseguida me di cuenta de que escondía una gran sabiduría, porque si no eres capaz de hacer las cosas pequeñas correctamente, ¿cómo vas a hacer las grandes?», explica por teléfono desde su casa en Texas. En su vida en activo, McRaven ha vivido muchas veces al límite y, en su opinión, los detalles esconden la clave de un éxito o un fracaso.

Cuando Sadam Hussein fue hecho preso por las tropas estadounidenses en Irak, se le encomendó la supervisión de su cautiverio. En esas visitas diarias, McRaven reparó que el dictador nunca se hacía la cama. Se lo preguntamos y se ríe: «Quiero aclarar que no hacerse la cama no significa que seas una mala persona o te vayas a convertir en un Sadam Hussein». Es bueno saberlo. El ex presidente iraquí fue ejecutado en la horca tras ser condenado por «crímenes contra la Humanidad» el 30 de diciembre de 2006.

El riesgo de las misiones que acomete cualquier pelotón de fuerzas especiales hace que la frontera entre éxito y fracaso sea muy estrecha. «En los Seal tienes que aprender de tus errores y mejorar día a día. El fracaso siempre es una posibilidad», dice McRaven.

Resulta curioso que un texano hijo de un piloto de la Fuerza Aérea que combatió en la II Guerra Mundial acabara en la Marina. «Me alisté porque de crío soñaba con ser como Jacques Cousteau y recorrer el mundo a bordo del Calypso», explica. «Antes de ingresar en la Armada aprendí a bucear, eso sí en un lago, cerca de San Antonio».

En la primera fase del entrenamiento de los Seal, los reclutas son divididos en grupos de siete para cargar con una balsa de goma para los ejercicios acuáticos. «Cuando alguno de los tripulantes estaba exhausto o enfermo, los demás asumíamos sus responsabilidades y si era necesario cedíamos incluso la comida. Sólo trabajar en equipo nos podía salvar en una misión de alto riesgo».

McRaven era un atleta y durante muchos años se sintió indestructible, reconoce, pero la vida puso a prueba tanto su cuerpo como su orgullo. Siendo capitán de navío y al mando de los Seal de la costa oeste este militar realizó un salto en paracaídas sobre el Pacífico. Nada especial para alguien especializado en lanzarse desde aviones y en operaciones submarinas. Cuando su paracaídas se desplegó, se enrolló y le golpeó como un latigazo a 193 kilómetros por hora. Además, un compañero le había obstaculizado y tuvo que abrirlo superada la altura de seguridad. McRaven aterrizó a más de tres kilómetros de distancia de la zona de salto. Fue operado de urgencia en el hospital de San Diego. Su pelvis se había desplazado 12 centímetros y tuvieron que ponerle un placa de titanio y un tornillo escapular para estabilizar la columna.

«Estuve en cama dos meses y un tiempo en silla de ruedas. Mi mujer me salvó de la autocompasión y pude salir adelante. Así descubrí que tu éxito depende de los demás. Nadie puede remar solo. Recuerdo estar tumbado inmóvil cuando sucedieron los atentados del 11 de septiembre y sentí una gran frustración».

El programa de entrenamiento de los Seal que mataron a Bin Laden está considerado el más duro de las fuerzas militares de Estados Unidos. Son muchos los candidatos que no consiguen superarlo ni física ni psíquicamente. Tienen que someterse a unas pruebas en las que son exprimidos y humillados por los instructores. Sólo aguantan los más duros. Cuando un aspirante no puede aguantar más el sufrimiento se le da la oportunidad de tocar tres veces una campana de bronce. Esa señal sonora implica su «rendición».

La novena semana es la más dura. En unas ciénagas localizadas entre San Diego y Tijuana se enfrentan a la Semana del infierno (hell week, en inglés), en la que durante seis días no se les permite dormir.

-¿Cuándo fue su momento de mayor sufrimiento?

-Recuerdo que el miércoles de esa semana nos sumergieron en el lodo durante muchas horas. Se te entumecían los huesos. La humedad y el frío eran terribles. Sólo te dejaban sacar la cabeza. Lo bueno de la Semana del Infierno es que, cuando te enfrentas a situaciones límite en una misión, piensas: «¡Lo estoy pasando fatal, pero lo pasé peor en la Semana del infierno!».

Cuenta McRaven que ese miércoles de 1977, cuando los aspirantes de su promoción estaban al borde del K.O. hundidos en el lodo y los instructores les gritaban que para acabar con el suplicio de todos exigían cinco rendiciones, uno de sus compañeros se puso a cantar una canción. Escalonadamente, todos empezaron a cantar. «Si uno aguantaba, tú no te podías rendir».

Para el almirante, si quieres cambiar el mundo, nunca, pero nunca, toques esa campana.

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