Enseñanzas que nos llenarán la vida

 Artículo traído de https://catholic-link.com para nuestro trabajo en los grupos.

1. «Perfecta alegría» – San Francisco de Asís

«¿Cuál es la verdadera alegría? Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llego acá, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío… Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco. Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás… Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios recogedme esta noche. Y él responde: No lo haré. Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí. Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma». (Escritos completos de San Francisco de Asís, VerAl).

La «perfecta alegría» no está en los gozos terrenos, en el éxito, en el reconocimiento, ni siquiera está en la realización personal. La «perfecta alegría» está en aceptar cada momento confiando en que Dios nos sostiene. Es difícil confiarse en la protección de Dios cuando la adversidad nos golpea. Francisco de Asís tenía su cimiento puesto en Dios y nada ni nadie podía arrancarle de él.

2. «Minuto heroico» – San José María Escrivá de Balaguer

«El minuto heroico. —Es la hora, en punto, de levantarte. Sin vacilación: un pensamiento sobrenatural y… ¡arriba! —El minuto heroico: ahí tienes una mortificación que fortalece tu voluntad y no debilita tu naturaleza». (Camino, 206).

60 segundos para decirle «sí» a Dios. 60 segundos para cambiar tu actitud y ganarle al monstruo de la pereza. San Josemaría entendía muy bien la psicología humana, por ello motiva a los suyos a no titubear frente a las responsabilidades. Apenas suene el despertador, lo primero es ofrecer un «pensamiento sobrenatural» y sin más levantarnos de la cama.

Si repites esta acción cada día verás cómo mejora tu responsabilidad y prontitud en responder a la llamada de Dios. Un hábito se forma repitiendo acciones con frecuencia, este minuto, aunque es difícil (por eso es «heroico»), te traerá un cambio de vida muy grande.

3. «v = V = S» – San Maximiliano María Kolbe

«Es apenas una ecuación. La v minúscula es nuestra voluntad. La V mayúscula es la voluntad de Dios. Cuando estas voluntades chocan, es el dolor, el sufrimiento. Cuando estas dos voluntades se identifican, cuando nuestra voluntad se identifica con la de Dios, es la santidad, es la paz del corazón. ¡Que sencillo es! ¿Verdad?». (Maximiliano Kolbe, por María Winowsca).

¿Te imaginas que neustra voluntad fuese la Voluntad de Dios?

La unión de voluntades nos lleva a caminar en la santidad y paz del corazón, sabiendo que vamos a paso firme y estamos en cada momento realizando el deseo de nuestro Creador.

Discierne (acompañado por un guía espiritual) cuál es la Voluntad de Dios en tu vida y luego discierne sobre tus deseos, sobre lo que tú quieres.

4. «La mayor enfermedad» – Santa Teresa de Calcuta

«La mayor enfermedad de Occidente hoy no es la tuberculosis o la lepra; es no ser querido, no ser amado y que nadie se preocupe por ti. Podemos curar las enfermedades físicas con la medicina, pero la única cura para la soledad, la desesperación y la falta de esperanza, es el amor. Hay muchos en el mundo que mueren por un trozo de pan, pero hay muchos más que mueren por un poco de amor. La pobreza de Occidente es un tipo distinto de pobreza – no es sólo una pobreza de soledad, sino también de espiritualidad. Hay un hambre de amor así como hay hambre de Dios». (Camino de sencillez).

Cada vez que elegimos amar estamos eligiendo a Dios. San Juan de la Cruz decía: «Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor».

5. «¿Qué haría Cristo en mi lugar?» – San Alberto Hurtado

«Ante cada problema, ante los grandes de la tierra, ante los problemas políticos de nuestro tiempo, ante los pobres, ante sus dolores y miserias, ante la defección de colaboradores, ante la escasez de operarios, ante la insuficiencia de nuestras obras. ¿Qué haría Cristo si estuviese en mi lugar?… Y lo que yo entiendo que Cristo haría, eso debo hacer yo en el momento presente». (A. Lavín, o.c., p. 24-25)

El Papa Francisco le llamó a esta pregunta «la contraseña» que no debemos olvidar. Así es, San Alberto Hurtado nos enseña una clave importante del discernimiento. Antes que rebuscar en nuestro interior para saber qué hacer, debemos preguntarle a Dios qué haría Él si estuviese en nuestros zapatos. ¿Qué haría Cristo en mi lugar?

Esta enseñanza nos debe acompañar toda nuestra vida. Pregúntale a Dios qué haría Él y decídete a actuar.

6. «Sólo Dios» – San Rafael Arnáiz

«Dios no me pide más que amor humilde y espíritu de sacrificio… Es la tercera vez que por seguir a Jesús abandono todo, y yo creo que esta vez fue un milagro de Dios, pues por mis propias fuerzas es seguro que no hubiera podido venir a la enfermería de la Trapa, a pasar penalidades, hambre en el cuerpo, debido a mi enfermedad y soledad en el corazón, pues encuentro a los hombres muy lejos. Solo Dios…, solo Dios…, solo Dios. Ése es mi tema…, ése es mi único pensamiento». (Jueves 16 de diciembre de 1937, Dios y mi alma: Notas de conciencia)

«Solo Dios». Si este es nuestro lema podremos caminar con fortaleza aunque venga la tormenta más grande que podamos imaginar. «Solo Dios» es el clamor del corazón enamorado, del corazón que sabe dónde poner sus seguridades. Es el grito del corazón que ha comprendido el valor de lo único importante: el Señor; como María que, a los pies de Jesús, escuchaba con atención sus palabras sin más preocupaciones que mirarlo a Él.

Este «Solo Dios» que guió a San Rafael Arnáiz es una actitud profunda del alma, es un abandonarse radicalmente en las manos de Dios, es un ser totalmente de Él, es un despreocuparse de las cosas del mundo. ¡Qué confianza tenía este hermano para con Dios! Imitemos, pues, esta actitud tan santa que nos acercará día a día a los brazos de nuestro Jesús y nos ayudará a aliviar nuestro corazón de las angustias que a diario nos invaden. Santa Teresa diría lo mismo siglos antes: «Sólo Dios basta», nada más, nadie más… ¡Sólo Dios!

7. «El ascensor es Jesús» – Santa Teresa del Niño Jesús

«Estamos en el siglo de los inventos. Ahora ya no se necesita subir los peldaños de una escalera; un ascensor los reemplaza ventajosamente en la casa de los ricos. También yo quisiera encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, porque soy demasiado pequeña para subir la ruda escalera de la perfección… he proseguido mis investigaciones y he aquí que he hallado: «Así como una madre acaricia a su hijo, te consolaré, te recostaré en mi seno y te meceré en mi regazo». ¡Ah, jamás se regocijó mi alma con palabras más tiernas, más melodiosas que estas! Vuestros brazos, oh Jesús mío, son el ascensor que ha de elevarme hasta el cielo. Para esto no necesito crecer, sino al contrario, quedar pequeña, achicarme cada vez más. ¡Oh, Dios mío, habéis superado cuanto podía yo esperar, por eso quiero cantar vuestras misericordias».(Manuscrito C, 2 vº-3 vº).

Santa Teresita nos deja un legado de humildad e infancia espiritual muy profundo. Para acercarse más a Jesús en lugar de crecer hay que empequeñecer. Ese «hacerse pequeño» es la humildad del corazón agradecido. Hacerse pequeño para que Dios te tome en sus brazos y te eleve hasta su regazo, para que te acerque a su corazón como lo hace un padre con su hijo.

Santa Teresita comprendió muy bien lo que significa la confianza en Dios, sabernos cuidados por Él, sabernos amados hasta el extremo por un Padre misericordioso. Tenemos que pedir este don, el don de la humildad, de la infancia espiritual.

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